Nota publicada en Facebook
por el pianista valenciano Josu de Solaun
La partida de Joaquín Soriano (1941 – 2025) deja un vacío que trasciende los vínculos formales. No tuve el privilegio de ser alumno suyo en el aula, ni compartimos nunca la intimidad del estudio pianístico, ni el fulgor del escenario.
Y, sin embargo, su ausencia resuena hoy en mi vida con una hondura que se me escapa a la fácil explicación. Quizás porque, en un instante fugaz, este hombre tan especial decidió generosamente entregarme un don inesperado: la certeza de ser percibido con una mirada auténtica. El ser visto, algo tan raro y tan preciado por el corazón…
Corría el verano de 2006. Con apenas veinticuatro años, yo andaba por España para breve visita estival tras años de solitaria y silente formación lejos. Era yo un rostro anónimo en el «panorama musical» (pongo comillas porque el rótulo me espanta). Me presenté al Concurso Internacional de Piano “José Iturbi” en Valencia, donde él formaba parte del jurado. Ni él ni nadie en el jurado sabían de mí ni de mi existencia. Nadie me conocía. Entre la multitud de participantes, yo era simplemente uno más. Nada en mi «trayectoria» podía tampoco llamar su atención previa. Pero allí, en medio de lo impersonal del certamen, algo extraordinario ocurrió: su mirada, profunda y delicada, vio algo en mí. Difícilmente podría precisar qué atisbó él en aquel momento. No había en mi interpretación un virtuosismo deslumbrante, ni el sonido de mi piano poseía la contundencia que exhibían otros. Pero en su forma de observar, esa mirada suya, tan particular, capaz de desvelar lo esencial sin violentar lo íntimo, hubo un destello de genuino reconocimiento hacia un muy sencillo joven como yo. No era admiración por lo logrado, ni júbilo por lo exhibido. Era un reconocimiento sereno, casi discreto, de la búsqueda misma.
Tal vez intuyó en aquel joven y torpe pianista, aún titubeante, ciertos valores que a él le eran queridos: una inquietud artística, una vulnerabilidad sincera, un anhelo de expresión aún no del todo articulado. Pero aquella mirada, en su profundidad, poesía y generosidad, hablaba menos de quien era observado y más de quien observaba. Porque se requiere una generosidad poco común para intuir belleza donde solo hay esbozos. Se necesita un alma profundamente poética para percibir verdad en lo que aún balbucea sin palabras. Lo que Joaquín Soriano pudo vislumbrar, si algo vislumbró en mí esos días, lo hizo porque su mirada estaba naturalmente afinada para ello. No seleccionaba méritos: acogía intentos. No evaluaba resultados: iluminaba procesos.
Y así, alguien sin nombre, sin pertenencia clara, sin un camino trazado, como yo, experimentó la rara sensación de ser visto… No tanto por lo que ya era, sino por la sombra de lo que anhelaba llegar a ser. Aquel gesto silencioso, proveniente de una figura como él, se convirtió en uno de los alientos más profundos y significativos que he recibido en toda mi vida, hasta el día de hoy.
Tras aquel concurso, en el que su voto contribuyó a un resultado que me honró, mantuvo un acompañamiento sencillo y desinteresado en mi vida. Sin deber nada, sin pedir jamás retribución, simplemente estuvo presente. Lo hacía con un cariño discreto, un apoyo constante, una ternura que se manifestaba en pequeños gestos. Sus mensajes llegaban con calidez. Asistía a mis conciertos en Madrid, siempre con una palabra de ánimo precisa, una sonrisa acogedora, un abrazo sincero. Invitaba a compartir mesa, no para hablar de técnica pianística como quien instruye, sino para conversar como quien disfruta del arte en toda su amplitud: pintura, filosofía, literatura fluían en su charla. Era un hombre de una cultura auténtica y arraigada: no la del especialista estrecho, sino la de quien ha sido fecundado por múltiples fuentes artísticas, nutriendo un espíritu amplio.
Don Joaquín encarnaba una concepción del músico que trasciende el solipsismo del instrumento o los muros del conservatorio. Era, en el sentido más noble y añejo de la palabra, un hombre de cultura. Una palabra hoy desgastada, reducida a menudo a barniz superficial, pero que en él recuperaba su raíz etimológica: cultura como cultivo interior del alma, como camino de profundización, como manera reverente de habitar el mundo y honrar la vida.
No fue necesario ser su alumno formal para comprender que su magisterio iba mucho más allá de lo técnico. Su manera de abordar el piano, tan rica en matices, refinamiento y elegancia, pero también cargada de un fuego contenido, era inseparable de su ser: discreto, apasionado, generoso sin alardes, sabio sin pretensiones.
Ahora que su luz se ha apagado, se percibe con claridad que algo fundamental se extingue en la manera de vivir el arte pianístico en España. Se va una forma de entender la música como relación amorosa con la vida, con el mundo, con lo creado, una forma de entender la música como presencia atenta a todo, como escucha activa y respetuosa, como diálogo entre almas afines en su búsqueda. Don Joaquín poseía el don excepcional de escuchar: escuchaba la música con toda su alma, y de igual modo escuchaba a las personas. Por eso sabía reconocer, con rara perspicacia, a quienes llegaban sin más aval que la autenticidad de lo que portaban en su interior, aún sin forma definitiva.
En una época donde abundan las miradas distraídas que no penetran la superficie, Don Joaquín tenía la rara virtud de ver con hondura. En un mundo que tiende a medir, clasificar y etiquetar, él sabía reconocer la pequeñita y tierna semilla de lo posible.
Su pérdida es inmensa y duele en muchos frentes: en el seno de su familia, entre sus innumerables alumnos que sí recibieron su guía directa, entre sus compañeros de profesión. Pero también es una herida para todos quienes creemos, con convicción, que el arte exige algo más esencial que la mera destreza: reclama humanidad. Y Joaquín Soriano era, en el sentido más pleno y respetuoso, un auténtico señor del arte. Un maestro en el arte del piano, de vivir el arte y de ver al otro.
Gracias, Don Joaquín, por aquella capacidad única de creer y alentar, incluso cuando solo había frente a usted un músico joven, lleno de dudas, que apenas comenzaba a andar su camino.
Ese gesto de fe silenciosa permanece en mí. Su aliento me apoyó y apoya hasta en los días más duros, esos que todo músico conoce… Gracias y hasta siempre.













