Hablar del Certamen Internacional de Bandas de Música de Valencia es hablar de una de las tradiciones musicales más antiguas y singulares de Europa. Con más de un siglo de historia —138 ediciones desde finales del siglo XIX—, el certamen no solo es considerado el más antiguo en su género, sino también uno de los más prestigiosos.
Un punto de encuentro donde generaciones de músicos, aficionados y sociedades musicales han medido su talento, su disciplina y su capacidad artística ante un público exigente y apasionado.
Durante décadas, el certamen tuvo como escenario la emblemática Plaza de Toros de Valencia. Aquel espacio, con capacidad para más de 15.000 personas, no era solo un recinto: era una auténtica celebración colectiva.
A partir de 1987 se inició el traslado al Palau de la Música que se completó ya en 2010 con las categorías superiores que concitaban mayor calidad interpretativa. Aunque también se inició una etapa de desconexión popular con la ciudad y sus gentes.

En tiempos de la plaza de toros, las bandas competían ante graderíos llenos, con un público entregado que vivía cada interpretación como si fuera propia. La música se convertía en espectáculo popular, en identidad compartida, en un acto casi ritual donde la ciudad entera parecía latir al compás de sus bandas. El certamen era una fiesta más que destacada de la Fira de Juliol.
Efectivamente, entre 1987 y 2010, el certamen se trasladó al Palau de la Música de Valencia. El cambio respondió a una lógica comprensible: mejorar las condiciones acústicas y ofrecer un entorno más adecuado para la escucha. Y, en efecto, la calidad sonora ganó en precisión y detalle. Pero esa mejora técnica trajo consigo una consecuencia no menor: la pérdida de escala social.
El Palau, con un aforo muy inferior, no puede acoger ni de lejos el volumen de público que congregaba la Plaza de Toros. En muchas ocasiones, apenas caben los propios acompañantes de las bandas participantes. El certamen ha ganado en calidad auditiva, pero ha perdido en dimensión ciudadana. Y ese cambio, con el paso del tiempo, ha ido alejando progresivamente el evento de la vida cotidiana de Valencia.
Porque Valencia no es una ciudad cualquiera en lo musical. Es, probablemente, una de las capitales mundiales de la música de banda –y no solo de banda–. Más de una treintena de agrupaciones amateurs solo en la ciudad, agrupadas en La Coordinadora (Cosomuval), y centenares en toda la Comunitat, articuladas en torno a la Federación de Sociedades Musicales de la Comunidad Valenciana, que agrupa a más de 550 entidades, todas ellas con el sueño de acudir al ‘Certamen de Valencia¡, unas para ganar en su categoría; otras, para seguir creciendo bajo el estímulo de participar en el Certamen que permanece anclado en el ideario colectivo de cada sociedad musical.
En este contexto, el certamen debería ser algo más que un evento anual: debería ser un símbolo compartido, una expresión de autoestima colectiva. Un elemento identitario de la propia ciudad y de toda la Comunitat. Donde los habitantes de la ciudad y de su entorno lo sientan como propio y distinguible socialmente.
Sin embargo, la percepción general es que ese vínculo se ha ido debilitando. El interés sigue existiendo, la pasión no ha desaparecido, pero el certamen ha perdido visibilidad y presencia en la vida urbana. Se ha convertido, en cierta medida, en un acontecimiento más interno que ciudadano, reservado a los aficionados a la música de banda y a una elite de hooligans de cada sociedad participante. Y eso plantea una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que una ciudad como Valencia no viva con mayor intensidad uno de sus eventos culturales más emblemáticos?
Cuando se publicita un evento como este no puede hacerse promoción y publicidad para llenar el Palau, sino para que la ciudad reciba el evento con la percepción de que hasta el último rincón, y toda la población, aunque no pueda acudir a los conciertos por falta de aforo sepan que ellos forman parte de algo importante abierto al mundo. Como pasó con la Copa del América de vela,
En los últimos años, especialmente con la llegada de María José Catalá a la alcaldía, se han dado pasos importantes para revertir situaciones internas obsoletas. Se han incrementado las dotaciones económicas, tanto en las ayudas a la participación como en los premios, lo que ha contribuido a recuperar el atractivo competitivo del certamen. También se ha reforzado la independencia y el perfil de los jurados, buscando mayor rigor y credibilidad en las decisiones, pero se está fallando en la comunicación y en la publicitación de la convocatoria.
Estos esfuerzos han tenido un efecto positivo inmediato: la participación de algunas de las mejores sociedades musicales de la Comunitat Valenciana, elevando el nivel artístico de las secciones principales. El certamen ha recuperado, en parte, su carácter de cita imprescindible dentro del calendario bandístico. Pero no basta.
Aún queda camino por recorrer. Uno de los grandes retos pendientes es la recuperación de la dimensión internacional en su máxima expresión. Históricamente, el certamen valenciano ha sido un referente también para bandas extranjeras, especialmente de Centroeuropa y Portugal, donde la tradición bandística tiene un altísimo nivel. Hoy, esa presencia es más limitada de lo deseable, especialmente en las categorías superiores. Y sin esa competencia internacional de primer nivel, el certamen corre el riesgo de perder parte de su proyección global. El presupuesto para incitar la presencia de las grandes bandas mundiales es todavía insuficiente.
A ello se suma otro problema, quizás más estructural: la comunicación. La política informativa en torno al certamen sigue siendo pacata para un evento de esta magnitud. No se trata solo de llenar el auditorio durante los días de competición —algo que, en cualquier caso, ya es difícil por razones de aforo—, sino de generar un clima global previo, una expectativa, una implicación emocional de la ciudadanía.
Hoy por hoy, esa estrategia brilla por su ausencia. No hay campañas sostenidas, ni una narrativa compartida que conecte el certamen con los ciudadanos. La presencia en los medios es discreta, la campaña de publicidad exterior casi inapreciable y residual en algunos casos. Y el resultado es evidente: fuera del ámbito estrictamente musical, muchos valencianos apenas perciben que el certamen está a punto de celebrarse.
“Valencia no se entera”. La frase, repetida en distintos círculos, resume con crudeza esta desconexión.
Recuperar el certamen como gran acontecimiento ciudadano no es solo una cuestión de programación o de presupuesto, que también. Es, sobre todo, una cuestión de relato. De entender que la música de banda no es un nicho, sino una seña de identidad colectiva. De devolver el certamen al imaginario de la ciudad, no necesariamente cambiando su sede, sino ampliando su presencia simbólica y social.
Porque el Certamen Internacional de Bandas de Música de Valencia no es solo un concurso. Es historia viva, patrimonio intangible y, sobre todo, una oportunidad única para que la ciudad se reconozca a sí misma en aquello que mejor la define: su música.
No se trata de llenar el Palau de la Música, sino de llenar de orgullo el alma de los valencianos de tener vivo en su tierra el Certamen de Bandas más antiguo del mundo desde que se inauguró en 1886.










